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Nuestro desarrollo depende de ser capaces de renunciar a compañías que nos hacen palidecer

30/07/2016

 

Si queremos ser capaces de conectar nuestra inteligencia con la de los demás, necesitamos vibrar en la misma frecuencia. Sincronizarnos. Esto, aparentemente nada complicado, es lo que frustra la gran mayoría de relaciones humanas, dejándonos aislados, enfadados y tristes. Sin embargo, la teoría es sencilla.

Divide a las personas en cuatro grandes grupos de comportamiento. Si queremos establecer la gran afinidad, debemos conocer cómo reaccionan por lo general aquellos con los que queremos conectar, incluso nosotros mismos.

 

Tú primero

Da igual que sea entre personas o civilizaciones extraterrestres, para establecer contacto es esencial que alguien lance la primera señal. Sé tú. No esperes y sé activo. Muéstrate abierto, participativo y colaborativo desde el primer momento y seguro que alguien te devolverá la señal.

 

Escucha activa

Ahora que hemos lanzado la señal, debemos interesarnos sinceramente por cómo son las personas con las que queremos conectar. Qué les gusta, qué les disgusta, cómo es su vida o si prefieren los perros o los gatos. Saber escuchar, simplemente.

 

Interés genuino

Para que la escucha activa funcione es imprescindible que mostremos un interés genuino. No vale hacerlo ver. Si cada persona es un mundo, debemos aprovechar la oportunidad de ser cosmonautas, visitantes de universos cercanos. Seguro que, como pasa en todos los viajes, nos enriqueceremos con la experiencia.

 

Empatía

Ahora que nos conocemos y nos interesamos por los demás, nos resultará mucho más sencillo sentir empatía, ponernos en su lugar. Ya estamos preparados para enriquecernos mutuamente y trabajar para un objetivo común desde la comprensión y la generosidad.

 

Así pues, saber establecer vínculos con quienes están a nuestro alrededor es la garantía de poder unirnos y trabajar, o disfrutar en equipo aportando nuestra parte y enriqueciéndonos de las aportaciones de los demás. Pero hay más. Porque todo esto también es el primer paso para usar las redes sociales con un objetivo que encaje con nuestras vocaciones, intereses y sueños. Veamos cómo.

 

Depende de cada uno. Pero hoy nuestras oportunidades para beneficiarnos de la inteligencia colectiva son infinitas. Para ello debemos usar lo que podemos denominar como VIA, tres principios básicos para dejar en paz a Ben Affleck y dedicarnos a conectar con otras personas que nos inspiren y nos ayuden a crecer y realizarnos.

 

Vocación genuina

Identifiquemos nuestra vocación, aquello que siempre hemos querido hacer y que por las razones que sea no hemos podido o no hemos encontrado la manera. Ya no hay excusa. ¡Podemos! ¿Escribir? ¿Ser fotógrafo? ¿Hacer punto de cruz? Da igual el qué. Es desde nuestra verdadera vocación desde donde podremos conectar con otras personas con nuestro mismo interés. Encontrarlo y detectarlo es el primer y fundamental paso hacia cualquier tipo de conexión.

 

Información inspiradora

Démonos de alta en páginas afines. Sigamos las cuentas de aquellas personas que comparten los mismos intereses. Buceemos por la Red y acumulemos material inspirador, personas interesantes e interesadas en lo mismo que nosotros.

 

Actitud participativa

Ahora es el momento de tener nuestro propio sitio en la Red, que será la plataforma desde la que nos relacionaremos. Nuestra página, blog o espacio en la red social que nos interese y nos inspire. Participemos. Comentemos. Intercambiemos opiniones y resultados y veremos cómo aquello que ha empezado en el espacio virtual acabará por hacerse realidad y tal vez, como ha pasado a muchas personas, transformando nuestro día a día.

 

Pero a veces simplemente no funciona. Por más que nos esforzamos, no somos capaces de fluir dentro de un grupo de amigos, de un ambiente laboral o incluso en una pareja. Nos sentimos torpes, incómodos y hasta empezamos a dudar de nuestras propias capacidades y recursos. Seguro que a todos nos resulta familiar esa sensación. ¿Qué hacer entonces? Simplemente ser valientes y saber decir no. Renunciar a algo que nos empequeñece paradójicamente nos hace grandes y hace que podamos avanzar. Porque en estos casos, saber detectar que un ambiente nos perjudica es esencial para seguir buscando aquel espacio que nos permita sacar lo mejor de nosotros mismos. No podemos olvidar que la vida es un deporte de equipo y que los jugadores que no encajan en un sitio puede que sean estrellas en otro. Eso es precisamente lo que debemos hacer. Buscar nuestro equipo, ese que nos permita participar, colaborar y sentirnos útiles. No se trata de estar por estar, sino de participar de manera útil al grupo y de forma que este también nos sea útil a nosotros. Ese es un intercambio inspirador en el que todos ganan, el individuo, pero también el conjunto.

 

Sin embargo, nunca debemos renunciar sin haberlo intentado, sin habernos mostrado abiertos, participativos y colaborativos. Sin haber activado nuestra escucha activa y demostrar un interés genuino. Porque si hemos hecho estos pasos y aun así no se ha producido la conexión, podremos estar seguros de que tomamos una decisión meditada, realizada desde la voluntad de conectar aunque no siempre funcione.

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